La hermandad: el altruismo que la sociedad dominicana necesita recuperar

Por Luis Ramón López

MOCA, Espaillat.-Hubo un tiempo en que la palabra hermandad tenía un significado mucho más profundo en la vida cotidiana. El vecino no era un extraño, la desgracia de una familia era asumida como preocupación de toda la comunidad y tender la mano a quien lo necesitaba constituía un acto natural, no una excepción.

Aquella sociedad, con sus limitaciones y dificultades, conservaba algo que hoy parece haberse ido debilitando, el sentido de solidaridad, cooperación y respeto por los demás.

Nuestros antepasados aprendieron que nadie podía vivir completamente aislado y que una comunidad fuerte dependía de la capacidad de sus integrantes para ayudarse mutuamente. Se compartían alimentos, se acompañaba al enfermo, se colaboraba en la construcción de una vivienda, se auxiliaba al vecino en momentos difíciles y, ante la muerte de un miembro de la comunidad, todos sentían que habían perdido a alguien cercano.

Hoy muchas de esas prácticas parecen pertenecer a otra época.

Una sociedad cada vez más individualista

El desarrollo económico, la tecnología y los cambios culturales han transformado profundamente la manera en que nos relacionamos. Las redes sociales nos permiten comunicarnos con personas que se encuentran a miles de kilómetros, pero paradójicamente muchas veces nos han alejado del vecino que vive a pocos metros de nuestra casa.

El individualismo ha ido ganando terreno. Cada quien parece concentrado en resolver sus propios problemas, proteger sus intereses y alcanzar sus objetivos, mientras las necesidades del otro pasan a ocupar un segundo plano.

No se trata de idealizar el pasado ni de afirmar que nuestros antepasados vivieron en una sociedad perfecta. También existían conflictos, desigualdades y dificultades. Pero había una mayor conciencia de que la comunidad constituía una responsabilidad colectiva.

¿Dónde quedó la solidaridad?

La pregunta merece ser planteada.

¿Qué ocurrió con aquella costumbre de preguntar al vecino si necesitaba ayuda? ¿Dónde quedó la disposición de colaborar sin esperar una recompensa? ¿Por qué muchas veces conocemos más de la vida de desconocidos a través de las redes sociales que de las personas que viven a nuestro alrededor?

El altruismo parece haberse convertido, en ocasiones, en una palabra utilizada para discursos y campañas, pero no necesariamente en una práctica cotidiana.

Ayudar a una persona necesitada, visitar a un enfermo, acompañar a un anciano que vive solo, colaborar con una familia que atraviesa una tragedia o simplemente escuchar a alguien que enfrenta dificultades son pequeñas acciones que pueden transformar una vida.

La crisis también es de valores

Los problemas que enfrenta la sociedad no son exclusivamente económicos. Existe también una crisis de valores, de convivencia y de responsabilidad colectiva.

Cuando desaparece el respeto, aumenta la violencia. Cuando se pierde la solidaridad, crece la indiferencia. Cuando cada individuo piensa únicamente en sí mismo, la sociedad comienza a fragmentarse.

La familia, la escuela, las iglesias, las organizaciones comunitarias y las instituciones sociales tienen un papel fundamental en la recuperación de estos principios.

No podemos exigir una sociedad más justa si no estamos dispuestos a practicar la justicia en nuestras propias relaciones.

Recuperar el sentido de comunidad

Volver al altruismo no significa regresar literalmente al pasado. Significa rescatar lo mejor de aquella cultura de convivencia y adaptarla a los tiempos actuales.

Necesitamos recuperar el saludo al vecino, la conversación cara a cara, la solidaridad con el enfermo, el respeto a los envejecientes, la protección de los niños, la ayuda al necesitado y la disposición de participar en las soluciones de la comunidad.

También debemos comprender que ayudar no siempre significa entregar dinero. A veces basta con ofrecer tiempo, conocimiento, compañía, orientación o una palabra de aliento.

Una responsabilidad de todos

La construcción de una sociedad solidaria no puede quedar exclusivamente en manos del Gobierno. El Estado tiene responsabilidades fundamentales, pero la convivencia comienza en el hogar y se fortalece en la comunidad.

Los padres deben enseñar a sus hijos que el éxito personal no tiene sentido si se alcanza a costa de los demás. Las escuelas deben formar ciudadanos, no solamente estudiantes.

Las organizaciones comunitarias deben recuperar su capacidad de unir a los vecinos alrededor de objetivos comunes.Y cada ciudadano debe preguntarse qué puede hacer para mejorar el lugar donde vive.

El país necesita volver a darse la mano

República Dominicana tiene una larga tradición de solidaridad. En momentos de huracanes, terremotos, inundaciones, tragedias y otras situaciones difíciles, los dominicanos han demostrado que todavía existe un profundo sentimiento de cooperación.

El desafío consiste en que esa solidaridad no aparezca solamente cuando ocurre una tragedia, sino que forme parte de nuestra conducta cotidiana.

Necesitamos una sociedad donde el éxito de uno no sea motivo de envidia, sino de alegría; donde la necesidad del otro no sea motivo de indiferencia, sino de preocupación; y donde ayudar no sea considerado una debilidad.

Volver a ser comunidad

Quizás una de las grandes tareas de nuestra generación sea precisamente esa; volver a construir comunidad. No podemos permitir que el individualismo termine destruyendo aquello que durante generaciones permitió a nuestros pueblos mantenerse unidos.

Nuestros antepasados entendían algo que hoy corremos el riesgo de olvidar: nadie se salva solo. La sociedad que queremos para nuestros hijos no se construirá únicamente con grandes inversiones, modernas carreteras, edificios o avances tecnológicos.

También necesitará personas capaces de tender la mano, compartir, respetar, perdonar y preocuparse por los demás. Porque al final, una nación verdaderamente desarrollada no es aquella donde cada quien tiene más, sino aquella donde nadie permanece indiferente ante la necesidad del otro.

Tal vez ha llegado el momento de volver a mirarnos como hermanos, recuperar el altruismo perdido y recordar que la solidaridad no es una tradición del pasado; es una necesidad urgente del presente.

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