El gobierno del Cibao, la Constitución de Moca, los tabaqueros y la revolución de 1857

Por Héctor Luis Molina

OPINIÓN.-La historia dominicana del siglo XIX no puede comprenderse únicamente a través de los presidentes, los generales y las guerras civiles. También es necesario estudiar a los productores agrícolas, los comerciantes, los campesinos y los sectores sociales que, desde el trabajo y la actividad económica, contribuyeron a definir el rumbo político de la nación.

Uno de los episodios más reveladores de esa historia fue la Revolución del 7 de julio de 1857, un levantamiento que tuvo su centro en Santiago de los Caballeros y que enfrentó a los intereses económicos del Cibao con el gobierno de Buenaventura Báez. El conflicto puso de manifiesto una cuestión fundamental: ¿qué ocurre cuando las decisiones económicas del Estado destruyen la confianza de quienes producen la riqueza de un país?

En el Cibao de aquella época se había desarrollado una dinámica económica y social distinta de la que predominaba en otras regiones dominicanas. El cultivo del tabaco, su comercialización y su exportación habían favorecido el crecimiento de una red de productores agrícolas, comerciantes y casas exportadoras que conectaban a la región con los mercados internacionales.

No se trataba de una sociedad plenamente democrática ni de una economía moderna en el sentido actual. Sin embargo, existían sectores mercantiles y agrícolas con intereses propios, capacidad de organización y aspiraciones de mayor participación política.

La Revolución de 1857, representó, en ese contexto, mucho más que una disputa entre caudillos: fue también una confrontación por el control de los recursos, la confianza monetaria y la orientación del Estado dominicano.

El tabaco: riqueza, autonomía y conexión con Europa

Durante buena parte del siglo XIX, el tabaco constituyó uno de los principales productos de exportación de la economía cibaeña. Su cultivo involucraba a numerosos agricultores y articulaba una cadena comercial en la que participaban intermediarios, comerciantes urbanos, transportistas y exportadores.

Santiago de los Caballeros se consolidó como un centro comercial importante, mientras que Puerto Plata desempeñó un papel esencial como puerto de salida de mercancías hacia el exterior. A través de las redes comerciales atlánticas, el tabaco dominicano llegaba a mercados europeos, incluidos los de Alemania, donde Hamburgo y Bremen figuraban entre los centros mercantiles relevantes.

Esta conexión con el comercio internacional permitió que una parte de la riqueza generada en el campo circulara por las ciudades y financiara nuevas actividades económicas. También expuso a los productores dominicanos a las fluctuaciones de los precios, las condiciones del crédito y las variaciones del valor de la moneda.

La economía del tabaco no eliminó la pobreza ni las desigualdades sociales. Tampoco convirtió automáticamente a todos los campesinos en ciudadanos políticamente organizados. Pero sí contribuyó al surgimiento de una burguesía comercial cibaeña con intereses que, en ocasiones, chocaban con los de los gobiernos establecidos en Santo Domingo.

El historiador Frank Moya Pons, en su obra La otra historia dominicana, propone precisamente ampliar la mirada sobre el pasado nacional para incorporar a los sectores sociales que suelen quedar relegados en los relatos centrados exclusivamente en el poder político.

La crisis monetaria de Buenaventura Báez

El detonante de la Revolución de 1857, fue una profunda crisis monetaria vinculada a las emisiones de papel moneda realizadas durante el gobierno de Buenaventura Báez.

En aquel momento, la economía dominicana tenía una circulación monetaria inestable y una fuerte dependencia de las monedas metálicas, especialmente las de oro y plata. El papel moneda emitido por el Estado fue perdiendo valor frente a las monedas fuertes, alterando los precios y las relaciones comerciales.

La situación se agravó en 1857, cuando se produjo una cosecha abundante de tabaco y el Gobierno intervino en el mercado mediante operaciones monetarias y comerciales que perjudicaron a los productores y comerciantes cibaeños.

Las emisiones de papel moneda permitieron al Gobierno y a determinados intermediarios participar en operaciones que generaron beneficios para algunos sectores, mientras los efectos de la depreciación recaían sobre amplios segmentos de la economía. La controversia no se limitó a la cantidad de billetes emitidos: también involucró la distribución de las ganancias, el acceso a las monedas fuertes y la pérdida de confianza en las decisiones gubernamentales.

El resultado fue una crisis de confianza que afectó las transacciones comerciales y enfrentó al Gobierno con los sectores mercantiles del Cibao.

Para los productores, el problema era concreto: el valor nominal del dinero recibido por sus cosechas no garantizaba que pudieran comprar después los mismos bienes ni conservar el valor de su trabajo. Para los comerciantes, la inestabilidad monetaria comprometía sus operaciones, sus compromisos financieros y sus relaciones con los mercados extranjeros.

La experiencia dejó una lección histórica de gran actualidad: cuando el Estado pierde credibilidad en el manejo de la moneda y de las finanzas públicas, las consecuencias se extienden mucho más allá de las oficinas gubernamentales y alcanzan directamente a quienes producen, comercializan y consumen.

El 7 de julio de 1857: la respuesta política del Cibao

La noche del 7 de julio de 1857, en Santiago de los Caballeros, representantes de los sectores políticos, comerciales y militares contrarios a Báez desconocieron su gobierno y establecieron un Gobierno Provisional con sede en esa ciudad.

La presidencia del nuevo Gobierno recayó en el general José Desiderio Valverde, mientras Benigno Filomeno de Rojas. asumió la vicepresidencia. El movimiento contó con el respaldo de importantes intereses comerciales y tabacaleros de la región, decididos a desplazar a Báez del poder.

La insurrección se transformó en una guerra civil. Las fuerzas revolucionarias organizaron operaciones militares contra el Gobierno establecido en Santo Domingo, que resistió durante meses.

El levantamiento demostró que los grupos económicos del Cibao no estaban dispuestos a aceptar pasivamente decisiones estatales que consideraban perjudiciales para sus intereses. Pero sería simplificar la historia presentar a todos los productores como un bloque uniforme o interpretar el movimiento como una revolución popular en la que participó de igual manera todo el campesinado.

En realidad, la rebelión reunió a distintos sectores con intereses convergentes, aunque no necesariamente idénticos. Los comerciantes procuraban defender sus negocios y su influencia; los productores necesitaban preservar el valor de sus cosechas, y los dirigentes liberales aspiraban a transformar la organización política del país.

La coincidencia de esas motivaciones permitió articular una oposición capaz de desafiar al Gobierno.

La Constitución de Moca de 1858: un proyecto de transformación institucional

Uno de los resultados políticos más importantes del movimiento fue la Constitución de Moca, proclamada en 1858, que expresó aspiraciones de reforma institucional, descentralización y protección de las libertades públicas.

Entre sus disposiciones más significativas estuvo la prohibición de que el Estado emitiera papel moneda, una respuesta directa a la crisis que había contribuido a desencadenar la revolución.

La Constitución también procuró reducir la concentración del poder político en Santo Domingo. Estableció a Santiago como capital de la República y planteó una organización territorial en departamentos, acompañada de mecanismos de representación y administración regional.

Asimismo, incorporó garantías relacionadas con la libertad de expresión, la reunión pacífica, el libre tránsito y el derecho de propiedad. Estas disposiciones reflejaban la aspiración de establecer límites al poder estatal y fortalecer las instituciones frente al predominio de los caudillos.

La Constitución de Moca, constituye, por tanto, una referencia fundamental en la historia del constitucionalismo dominicano. Su importancia no radica solamente en las disposiciones escritas, sino en el contexto en que surgió: una crisis económica que se transformó en una disputa sobre la legitimidad del poder, la organización territorial y los derechos de los ciudadanos.

Sin embargo, aquel proyecto reformador no consiguió consolidarse. La guerra y las rivalidades políticas continuaron condicionando el destino de la República.

Ulises Francisco Espaillat: el ideal civilista

Dentro de aquel ambiente político sobresalió Ulises Francisco Espaillat, intelectual, farmacéutico, escritor y defensor de principios liberales, quien participó en la Revolución de 1857 y posteriormente desempeñó un papel importante en la lucha contra la anexión a España.

Es necesario distinguir su trayectoria de la dirección formal del Gobierno Provisional de 1857, que correspondió a José Desiderio Valverde. Espaillat representó, sobre todo, una corriente de pensamiento civilista que aspiraba a construir un Estado sustentado en la legalidad, la ética pública y el respeto a las libertades.

Su visión política se oponía al predominio de los intereses particulares sobre el bien común y a la práctica de utilizar las instituciones estatales como instrumentos de poder personal.

Años después, el 29 de abril de 1876, Espaillat asumió la Presidencia de la República con el respaldo de sectores liberales vinculados al Partido Azul y a Gregorio Luperón. Durante su breve gobierno procuró impulsar una administración austera, respetar la libertad de prensa y promover una gestión pública más responsable. Sin embargo, las luchas políticas y las insurrecciones terminaron obligándolo a abandonar el cargo el 5 de octubre de ese mismo año.

Su experiencia revela una de las contradicciones centrales de la historia dominicana del siglo XIX: la dificultad de convertir los ideales liberales y civilistas en instituciones estables, capaces de resistir las presiones de los caudillos y los intereses particulares.

Del movimiento cibaeño a la Guerra de la Restauración

La Revolución de 1857, también debe situarse dentro de un proceso histórico más amplio, que incluyó la lucha contra la anexión a España y la recuperación de la soberanía dominicana.

En 1861, Pedro Santana, anexó la República Dominicana a España. La resistencia a esa decisión desembocó en la Guerra de la Restauración, iniciada en 1863 y concluida en 1865 con la recuperación de la independencia.

Gregorio Luperón se convirtió en una de las figuras militares y políticas más destacadas de esa lucha. Ulises Francisco Espaillat, por su parte, contribuyó al movimiento restaurador desde el ámbito político e intelectual.

Aunque no puede afirmarse que la Revolución de 1857, causara directamente la Restauración, ambos procesos estuvieron relacionados por las disputas sobre la soberanía nacional, la organización del Estado y la oposición a formas de poder consideradas contrarias a los intereses de la República.

La Restauración, permitió recuperar la independencia, pero no puso fin a las rivalidades políticas ni al predominio de los caudillos. Las dificultades que enfrentó posteriormente Espaillat demostraron que la construcción de un Estado civilista requería algo más que una victoria militar o una nueva Constitución.

Una lección para la historia económica y política dominicana

La experiencia de los tabaqueros y comerciantes del Cibao, permite comprender que la historia nacional no se construyó exclusivamente en los campos de batalla. También se desarrolló en las fincas agrícolas, los mercados, los almacenes comerciales y los puertos desde los cuales se exportaban los productos dominicanos.

El tabaco conectó a miles de productores con una economía internacional y contribuyó al crecimiento de Santiago y Puerto Plata. Al mismo tiempo, la crisis monetaria de 1857 mostró la vulnerabilidad de una economía cuando las decisiones estatales alteran las condiciones en que se produce, se comercializa y se conserva el valor de la riqueza.

La reacción cibaeña también demostró que los intereses económicos pueden convertirse en una fuerza política cuando convergen con aspiraciones de reforma institucional. Pero el desenlace recuerda que la movilización contra un gobierno no garantiza, por sí sola, la consolidación de un orden democrático.

La Constitución de Moca, el pensamiento de Espaillat y la participación de figuras como Valverde, Benigno Filomeno de Rojas y Luperón forman parte de una tradición de luchas por la autonomía regional, la legalidad y las libertades públicas.

La historia de 1857, invita, finalmente, a mirar el pasado dominicano desde una perspectiva más amplia: reconocer el papel de los productores y comerciantes sin idealizarlos, comprender las contradicciones de los movimientos políticos y valorar los esfuerzos de quienes intentaron construir instituciones por encima de los intereses particulares.

El Cibao del siglo XIX, no fue solamente una región agrícola. Fue también un escenario de confrontación económica y política donde la producción, el comercio y las ideas liberales contribuyeron a definir el futuro de la República Dominicana.

AUTOR: es abogado residente en Canadá, con maestría en Historia

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