
Por Carlos A. Guzmán F.
OPINIÓN.-Corrupción y destrucción, no son dos ideas distintas. La corrupción es una destrucción que no llega por accidente desde fuera, sino desde dentro: la provocan las mismas personas que deberían cuidar y proteger. La tierra cada vez más se corrompe delante de Dios, y se llena de violencia.
Al primer hombre se le había ordenado dominar la tierra, es decir, cuidarla. Ahora el ser humano destruye, de manera irreversible, precisamente aquello que debe proteger: la civilización humana. En una generación dedicada a destruir, debemos pensar en crear, en construir.
Claro que la creatividad y la pasión por construir no nos hacen más populares entre los destructores. Todo lo contrario. Existen personas que no les basta con arruinar su propia civilización: también querrán eliminar a quien intente salvarse. Ni viven, ni dejan vivir.
El mundo se divide en dos bloques bien diferenciados. De un lado, los dedicados a construir y a beneficiar a la humanidad. Del otro, una sociedad dominada por hombres con apetito por arrasar la civilización que lo sostiene y obsesionados con eliminar a quienes construyen.
En el plano de las ideas, el mundo está dividido en cuatro grandes bloques:
El primero es el Bloque Totalitario, el de los destructores de la civilización occidental (el bloque de los asesinos). No incluye solo a quienes cometen personalmente actos de terrorismo, sino también a quienes los respaldan, justifican o glorifican. Apoyan a organizaciones que buscan imponer sus objetivos mediante la violencia, el terror y la destrucción, y que invaden y aspiran a dominar allí donde encuentran sociedades moralmente debilitadas.
El segundo es el Bloque del Progresismo, que nació con eslóganes difíciles de rechazar: igualdad, inclusión y tolerancia para todos. El problema es que con el tiempo ese movimiento inclusivo ¡incluyó también a los extremistas del primer bloque! Por increíble y paradójico que parezca, toleran la intolerancia de quienes abrazan ideologías terroristas. Y fueron tan tolerantes con los intolerantes que, ambos bloques se han convertido en verdaderos socios en una misma plataforma política destructiva.
El tercero es el Bloque Utilitario. Es el que se relaciona con el mundo según su propio cálculo de costo-beneficio. Se fundamenta en una famosa máxima: “no tener amigos, tener intereses”.
El cuarto bloque, es el de la Ética y Valores: el de la Justicia.
Acción y Obsesión
Los bloques Totalitario y el Progresista no tienen nada en común. Uno es opresivo; el otro dice defender la libertad. Uno oprime a la mujer; el otro dice que la protege. Uno rechaza la diversidad religiosa; el otro dice celebrarla. Uno aspira a imponer sus creencias; el otro, proclama la tolerancia. Y, sin embargo, ¡marchan juntos! ¿Qué los une? Una palabra y una obsesión: destruir.
La sed de destrucción queda en evidencia en un video que circula en redes sociales. Durante una de las enormes protestas estudiantiles que hoy sacuden Europa, un periodista se acerca a un joven y le pregunta: ¿Contra qué estás protestando? “No sé”, responde, “hemos venido a protestar”. ¿Y cuál es tu mensaje? ¡Destruirlo todo!
La respuesta es tan brutal como reveladora. No sabe contra qué protesta, ni qué quiere cambiar, ni qué propone en su lugar. Pero sabe perfectamente lo que quiere hacer: destruir. Es el impulso de la actual generación: una sociedad en la que la destrucción deja de ser un medio y se convierte en una vocación.
Ese espíritu no se limita a un video. En Francia, las protestas que comenzaron a mediados de septiembre vinieron acompañadas, según los episodios denunciados, de ataques contra maestros, incendios, destrucción de propiedad pública y privada, automóviles destrozados, agresiones contra las fuerzas de seguridad y hasta contra bomberos que acudían a apagar el fuego. ¿Para qué incendiar escuelas? ¿A quién beneficia destruir el automóvil de un maestro? ¿Qué se gana al atacar a un bombero que viene a apagar un incendio?
Si alguien construye, hay que destruirlo, y si protege, atacar. Esa es la generación de víboras en la cual nos encontramos inmersos. Cuidemos nuestra Fe y a nuestras familias. Es lo mejor que podemos hacer en medio de la tormenta.