
Por Eusebio Figuereo
OPINIÓN.-Al casarnos y formar una familia intentamos ver solo luz en el horizonte sin recorrer la ruta que nos depara la vida. La luna de miel se convierte en una membrana previa para darnos las fuerzas necesarias antes de convertirnos en padres y cabeza de una familia.
Como padres, ponemos el alma entera en criar a nuestros hijos para entregarle a la sociedad hombres y mujeres de bien. Soñamos con hijas inteligentes, humildes, nobles y de buen corazón; jóvenes llenas de virtudes, principios firmes, obedientes y abnegadas. (Proverbios 22:6 | Proverbios 31:10, 26; 1 Nefi 8:12; D. y C. 68:25, 28; Moisés 5:12).
Cuando criamos a una hija, no podemos ocultarlo: en el fondo deseamos lo mejor para ella, tratarla como a una reina y verla crecer rodeada de amor. Y, siendo honestos, soñamos con que el día de mañana encuentre a un hombre ejemplar, un verdadero «príncipe» que la valore; al igual que deseamos para nuestros hijos hombres una mujer virtuosa a su lado. (Salmos 144:12 | 1 Corintios 11:11; Jacob 2:21; D. y C. 42:22 | D. y C. 131:1–4; Moisés 3:18, 24).
Por eso duele tanto cuando, tras haberlo dado todo por ellos —sirviendo como ejemplo de honestidad, respeto, fidelidad a la pareja y entrega a Dios; habiendo fomentado el deporte, la cultura y el servicio a la comunidad—, nuestros hijos eligen un camino completamente opuesto a todo lo que les sembramos con tanto amor. (1 Reyes 1:6 | 1 Samuel 8:1–5; 1 Nefi 2:16, 23–24 | 2 Nefi 1:21; D. y C. 93:40, 42; Perla de Gran Precio: Moisés 5:13).
No hay pesar más profundo para un padre que ver a un hijo rechazar la enseñanza y el ejemplo recibido. Si el amor paternal a veces se siente como una dulce bendición, ver a un hijo extraviarse se siente como si el peor enemigo te hincara una lanza envenenada en medio del pecho. (Proverbios 17:21, 25 | 2 Samuel 18:33; Mosíah 27:8–10 | Alma 36:12–14; D. y C. 31:2; Moisés 7:28, 32–33).
Es desgarrador ver cómo quienes nacieron de ti y crecieron bajo tu techo deciden tomar un rumbo equivocado. Sin embargo, nos toca aprender a respetar su autonomía como adultos. Aunque no compartamos sus decisiones, nuestro amor por ellos no puede apagarse. Cuando das tu cuerpo, mente y alma por alguien, es natural esperar frutos buenos; por eso hiere tanto ver que la oscuridad intente opacar la luz de sus vidas. (Lucas 15:11–24 | Gálatas 6:9 | Alma 31:38 | Alma 38:1–3; D. y C. 121:41–46; Moisés 4:3).
Pero nuestra esperanza no está perdida, porque Jesucristo dio su vida por nosotros para abrir la puerta al arrepentimiento y a la sanación. Aunque hoy no veamos señales de cambio, debemos depositar nuestra fe en el Salvador y mantenernos en oración constante por nuestros hijos. Confiamos en que la luz de Cristo tocará sus corazones, les ayudará a rectificar su camino, formar familias con valores, cuidar su salud, ser honestos y honrar el legado de rectitud y respeto que con tanto esfuerzo les dimos. (Isaías 53:5 | Jeremías 31:16–17 | Santiago 5:16; Mosíah 27:14 | Alma 26:15 | Helamán 5:12; D. y C. 19:16–19 | D. y C. 18:10–12; Moisés 7:41, 69).
El dolor paternal es una de las pruebas más humanas y complejas, pues implica llevar dentro de sí el duelo silencioso ante las decisiones de los hijos. Este sentimiento de angustia y desolación se convierte en la paradoja de la crianza y el libre albedrío, porque criar es un acto de entrega absoluta. Sin embargo, la paternidad tropieza inevitablemente con el principio divino del libre albedrío. Aunque los padres siembren valores con el ejemplo, cada hijo es un ser individual expuesto al mundo y a sus propias elecciones. Aceptar que nuestro ejemplo no garantiza automáticamente que sigan nuestros mismos pasos es uno de los aprendizajes más duros y maduros de la vida. (Josué 24:15 | Ezequiel 18:20; 2 Nefi 2:16, 27 | 2 Nefi 10:23; D. y C. 58:27–28 | D. y C. 101:78; Moisés 4:3 | Moisés 7:32).
La desilusión ante las malas decisiones de un hijo genera una sensación real de pérdida y dolor. No obstante, la verdadera madurez espiritual nos invita a distinguir entre el amor incondicional y la aprobación de la conducta. Respetar su adultez no significa validar sus errores, sino seguir amándolos sin reservas mientras aprendemos a soltar la culpa, entendiendo que su rumbo no invalida la sinceridad del amor con el que los educamos. (1 Corintios 13:4–8 | Lucas 15:20–24; Moroni 7:46–48 | Alma 26:28–30; D. y C. 64:9–11; Moisés 7:33, 36–37).
Cuando las palabras y los consejos agotan su alcance, la fe se convierte en nuestro ancla. El sacrificio expiatorio de Jesucristo nos recuerda que ninguna vida está fuera del alcance de la redención y que el arrepentimiento siempre es posible. A través de la oración perseverante, los padres continúan ejerciendo una influencia de fe, confiando en que las semillas de verdad sembradas en el pasado volverán a florecer a su debido tiempo. (1 Samuel 12:23 | Filipenses 4:6–7; Mosíah 27:14 | Alma 36:17–19; D. y C. 123:17; Moisés 5:10–11).