La fortaleza de ser vulnerables

Por Carlos A. Guzmán F.

OPINIÓN.-A veces construimos muros altos. Creemos que la seguridad se mide en el grosor de nuestras paredes, en la solidez de nuestros logros o en lo que logramos acumular. Nos convencemos de que el control es posible, hasta que la vida nos recuerda lo frágiles que somos.

Debemos recordar de dónde venimos, y en los días intermedios volvemos a repasar, día tras día, la intención de agradecer por lo cotidiano. Ahí, una voz antigua nos susurra al oído que persiguiendo la riqueza o el éxito perfecto se nos puede ir la vida. Que todo eso es efímero. No ignorar la fragilidad del mundo; mirarla de frente y no tenerle miedo.

La Fe no es la certeza de que nada malo nos va a pasar. Es el valor de vivir con la incertidumbre, sabiendo que no estamos solos. Piénsalo por un segundo. Todos nos sentamos bajo la misma sombra. La felicidad verdadera no está en lo que poseemos, sino en la gratitud por lo que nos ha sido otorgado: la familia, una comida compartida, la capacidad de respirar y abrazar el presente.

Celebrar la vida no a pesar de su fragilidad, sino a través de ella. La seguridad física es una ilusión que va y viene. Pero la seguridad espiritual -saber que aun en medio de la tormenta estamos cobijados por algo más grande que nosotros mismos- esa seguridad es indestructible.

Hay que despojarse de la arrogancia para recuperar lo más valioso que hayamos olvidado: la capacidad de maravillarnos con lo esencial. Así que esta vez, cuando mires al Cielo a través de un árbol, o cuando sientas que el suelo se mueve bajo tus pies, no temas a la intemperie.

Recuerda que no son las paredes las que nos sostienen. Es la Fe, el Amor y la certeza de que, aun en la fragilidad más profunda, nunca hemos dejado de estar abrazados.

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