Por Mariano de Jesús García/ 10 de septiembre de 2026 Desde la Butaca 3
OPINIÓN.-Llegamos al cuarto y último trabajo de esta serie dedicada a abordar el apasionante, complejo y siempre vigente tema del Poder.
El Poder no se conforma únicamente con gobernar el presente. También necesita apropiarse del pasado, porque sabe que un pueblo sin memoria crítica termina aceptando como natural aquello que, muchas veces, fue construido precisamente para dominarlo.
Por eso selecciona los acontecimientos, engrandece a determinados protagonistas, condena al silencio a otros y convierte su propia versión de la historia en una supuesta verdad colectiva.
Sin embargo, el pasado no permanece inmóvil, esperando pacientemente que vayamos a consultarlo. A veces irrumpe inesperadamente a través de un hecho, un testimonio o una simple pregunta capaz de desnudar el presente.
Ese momento puede ser breve, pero resulta decisivo.
La sociedad tiene entonces dos caminos: reconocer en ese instante las raíces de sus sometimientos actuales o permitir que, una vez más, el silencio vuelva a cerrar la puerta de la memoria.
La mentira del Poder posee una ventaja importante: dispone de instituciones, discursos, ceremonias y constantes repeticiones que terminan haciéndola parecer permanente y verdadera.
La verdad, en cambio, suele presentarse desarmada, incómoda y, muchas veces, aparentemente fuera de tiempo.
Necesita ciudadanos capaces de reconocerla, rescatarla y convertirla en conciencia colectiva.
Cuando esto no ocurre, el pasado no desaparece completamente. Permanece sepultado bajo la versión de aquellos que vencieron y conservaron la capacidad de contar la historia.
Por eso, pensar históricamente también constituye una forma de resistencia.
El ciudadano sumiso recibe la historia terminada.
El ciudadano consciente la interroga.
Uno se reconoce en el relato que el Poder le entrega.
El otro busca a quienes fueron excluidos, silenciados y olvidados de ese relato.
Y es precisamente en esa diferencia donde comienza la posibilidad de desmontar los mecanismos de dominación y construir lo que podríamos llamar un Poder obediencial: un Poder que no imponga su memoria al pueblo, sino que responda ante la memoria, la dignidad y la voluntad del propio pueblo.
El abuelo se movió lentamente, como buscando una posición más cómoda en la silla.
Cerró los ojos durante un instante.
Cuando volvió a hablar, su voz ya no era la misma.
Se había vuelto grave, lenta, cadenciosa; como si cada palabra llevara sobre sus hombros el peso de toda la memoria humana.
Entonces pronunció:
—El Poder es envidioso: no soporta el brillo de otro.
Es celoso, porque teme perder la mirada que lo alimenta.
Es soberbio, pues se cree único e indispensable.
Es mentiroso, porque promete grandeza y entrega vacío.
Es posesivo: no da tregua a quien logra tocarlo.
Es corruptor, porque convierte en arma hasta la bondad.
Es implacable: no conoce descanso ni medida.
Es traicionero: sonríe mientras prepara la caída.
Es voraz: nunca se sacia, siempre quiere más.
Es desgarrador: divide hermanos, pueblos y memorias.
Es errante: cambia de rostro y se esconde en templos, tronos o pantallas.
Es frágil: depende del miedo de los otros.
Y es eterno: aunque lo destierren, siempre encuentra un nuevo corazón donde habitar.
Luciano escuchó cada una de las palabras del abuelo sin parpadear.
El silencio se hizo profundo.
Cada frase quedó grabada en su mente como un susurro imposible de olvidar.
Y quizás comprendió, en aquel instante, que el Poder no siempre vive en los palacios, en los gobiernos o en las grandes instituciones.
A veces habita mucho más cerca.
En el miedo.
En el silencio.
En la ambición.
Y, sobre todo, en aquellos corazones que, teniendo la oportunidad de servir a los demás, terminan creyendo que nacieron para dominarlos.
Fin de la serie: El Poder.
