
DESDE LA BUTACA 3
Por Mariano de Jesús García/ 2 de septiembre de 2026
MOCA, Espaillat.-En los dos artículos anteriores he sostenido que el poder, tal como históricamente lo hemos conocido y padecido, no constituye un orden natural e inevitable de la existencia humana. Es una construcción histórica sustentada en relaciones de dominación, imposición y desigualdad; y precisamente porque ha sido creada por los seres humanos, puede también ser cuestionada y transformada.
La mayor eficacia del poder no se manifiesta solamente cuando obliga, castiga o reprime, sino cuando consigue que el dominado acepte como natural el orden que lo somete. Mediante discursos, instituciones, saberes, costumbres y prácticas cotidianas, logra convertir en normal, verdadero e inevitable aquello que responde a intereses históricamente construidos. Su mayor triunfo ocurre cuando consigue ocultarse como poder y presentarse como el orden natural de las cosas.
Sin embargo, el poder no tiene que ser únicamente una herramienta de dominación. También puede convertirse en instrumento de liberación cuando la soberanía es reconocida como expresión del pueblo y la autoridad se ejerce como poder obediencial: un mandato delegado que no se sirve de la comunidad, sino que la obedece y trabaja a su servicio.
Contribuir a formar conciencia sobre esta posibilidad constituye una responsabilidad de maestros, comunicadores, pensadores, académicos, escritores, poetas y demás creadores.
La estructura mental que sostiene al poder
El gran obstáculo para esa transformación es la estructura mental mediante la cual las personas y las colectividades interpretan lo justo y lo injusto, lo posible y lo imposible.
Esa estructura se forma desde la familia, la escuela, la religión, los medios de comunicación, las redes sociales, las costumbres y las instituciones. Nadie contempla el sistema completamente desde fuera, porque incluso quienes están llamados a cuestionarlo han sido formados dentro de él y pueden terminar resignándose a pensar que nada vale la pena y que la realidad no tiene arreglo.
Pero la estructura mental no es inmutable. Si fue construida mediante procesos históricos y sociales, también puede ser reconstruida mediante el conocimiento, la educación, la cultura, el pensamiento crítico y la toma de conciencia.
Allí reaparece la dimensión liberadora del poder, porque transformar la realidad exige primero descubrir que aquello que aprendimos a considerar natural no necesariamente lo es, y que las cosas pueden ser de otra manera.
El poder no solamente está en el Estado
Estoy seguro de que la mayoría de quienes han leído los dos primeros trabajos —y es natural— piensen básicamente en el poder político, sobre todo en aquel que se ejerce desde los poderes públicos.
Sin embargo, importa afirmar que casi todos tenemos algún ámbito, aunque sea mínimo, de poder. Puede ser sobre un hijo, un empleado, alguien que de alguna manera dependa de nuestras decisiones o, incluso, sobre un animal del cual somos “dueños”.
La relación que establecemos con ese ser que, de algún modo, depende de nosotros, define nuestro criterio sobre el poder. Será la misma concepción; solo variará el impacto de acuerdo con el tamaño del ámbito en que se ejerce.
El tipo de relación que establece quien ejerce poder sobre un conejo, un gallo o un perro puede revelar su criterio de relación en otros ámbitos, hasta llegar al que lo vincula con quienes administran los poderes públicos.
Cuando el ciudadano interioriza la dominación
Esa concepción del poder puede manifestarse de distintas maneras:
- Naturaliza la dominación: considera que las cosas siempre han sido así y no pueden cambiar.
- Confunde autoridad con verdad: supone que quien gobierna necesariamente tiene la razón.
- Convierte los derechos en favores: agradece como dádiva aquello que le corresponde como ciudadano.
- Practica la autocensura: calla lo que piensa por temor a perder empleo, ayuda, protección o reconocimiento.
- Obedece sin cuestionar: cumple disposiciones injustas sin examinar su legitimidad.
- Idealiza al gobernante: lo percibe como benefactor, protector o dueño de los recursos públicos.
- Reproduce el discurso oficial: repite argumentos del poder sin someterlos a reflexión crítica.
- Desconfía de la acción colectiva: cree que organizarse, protestar o exigir derechos no sirve de nada.
- Condena al que cuestiona: considera conflictivo, desagradecido o enemigo a quien denuncia abusos.
- Se refugia en la resignación: afirma que “esto no tiene arreglo” o que “todos son iguales”.
- Delega su responsabilidad ciudadana: espera que otros piensen, decidan y actúen por él.
- Reproduce la dominación: se somete ante quien está arriba, pero intenta imponerse sobre quienes considera inferiores.
Autoridad no es lo mismo que sumisión
La diferencia es importante.
El ciudadano responsable respeta la autoridad legítima y las leyes, pero conserva su capacidad de cuestionar, analizar y exigir cuando considera que una decisión vulnera derechos o atenta contra el bien común.
El ciudadano sumiso, en cambio, renuncia a cuestionar, incluso cuando la autoridad abusa, manipula o actúa contra los intereses colectivos.
Por eso, hablar del poder no significa únicamente hablar de presidentes, ministros, alcaldes, legisladores o funcionarios. Significa también preguntarnos cómo ejercemos el pequeño poder que cada uno tiene en su propio entorno.
Porque quien aprende a dominar al que considera más débil puede terminar aceptando, sin resistencia, la dominación de quien considera más fuerte.
Y quizás ahí comienza una de las claves para comprender el verdadero problema del poder: no basta con cambiar a quienes lo ejercen; también es necesario transformar la manera en que la sociedad entiende, acepta y reproduce las relaciones de poder.