
Por Mariano de Jesús García / 24 de agosto de 2026
DESDE LA BUTACA 3
El pasado 22 de agosto comencé a escribir sobre el Poder. La intención de aquel primer trabajo quedó resumida en una idea fundamental: el Poder, tal como lo conocemos y, muchas veces, padecemos, no constituye un orden natural e inevitable de la existencia humana. Es, más bien, una construcción histórica sustentada en relaciones de dominación. Y precisamente porque ha sido creado por los seres humanos, también puede ser cuestionado, transformado y, llegado el momento, ejercido de otra manera.
En ese primer acercamiento consideramos el Poder como una herramienta que puede utilizarse en dos direcciones.
La primera, como instrumento de dominación, apoyado en estructuras y mecanismos capaces de conseguir que quienes son dominados terminen asumiendo como natural el orden que los somete.
La segunda, como instrumento de liberación, cuando quienes gobiernan poseen la claridad y la voluntad necesarias para asumir el ejercicio legítimo del Poder como un poder obediencial: una autoridad delegada que, lejos de servirse del pueblo, entiende que su responsabilidad fundamental es mandar obedeciendo y servir a la comunidad de la cual emana su autoridad.
A este ejercicio pedagógico deberían dedicar una parte importante de sus capacidades, de su influencia-de su propio Poder- y de su tiempo quienes tienen la posibilidad de contribuir a formar conciencia: los maestros desde las escuelas; los comunicadores desde los medios tradicionales y las redes sociales; los pensadores, catedráticos y rectores desde las universidades; los miembros de las academias, escritores, poetas y demás creadores desde sus respectivos espacios.
Porque si el Poder ha logrado perpetuarse haciendo que el dominado considere natural su propia dominación, cuestionar esa supuesta naturalidad constituye ya una forma de comenzar a liberarse. Pero, como casi siempre, aparece el pero.
Ese «pero» me lo plantea con frecuencia un hermano moral con quien suelo conversar sobre estos temas, especialmente cuando sabe que estoy pensando escribir sobre ellos. Por delicadeza, omitiré su nombre.
¿Cuál es el pero?
¡La estructura mental!
La estructura mental puede entenderse como el conjunto organizado de ideas, valores, creencias, percepciones, hábitos de pensamiento y referentes culturales mediante los cuales una persona o una colectividad interpreta la realidad. Es lo que nos permite establecer qué consideramos normal o anormal, posible o imposible, justo o injusto, aceptable o inaceptable, y desde ahí orientar nuestra conducta frente a nosotros mismos, frente a los demás y frente al Poder.
Su construcción comienza desde los primeros procesos de socialización y continúa durante toda la vida.
En ella intervienen la familia, la escuela, la religión, las costumbres, el lenguaje, los medios de comunicación, las redes sociales, las instituciones políticas y económicas y, de manera particularmente poderosa, la repetición cotidiana de determinadas relaciones sociales.
Ya lo afirmamos en el trabajo anterior: el Poder no solamente domina mediante la fuerza. Su expresión más profunda aparece cuando consigue participar en la construcción de la estructura mental del dominado, hasta lograr que este interprete como natural, necesario e incluso conveniente el mismo orden que lo somete.
Y aquí reaparece el pero.
Nuestros maestros han participado de los mismos procesos de socialización en los que hemos participado todos los dominicanos. Lo mismo ocurre con nuestros comunicadores de los medios tradicionales y digitales, nuestros pensadores, escritores, poetas y demás creadores.
Nadie contempla el sistema completamente desde fuera, porque, de una manera u otra, todos hemos sido formados dentro de él.
Y aquellos que en algún momento parecieron haberse liberado de sus redes también pueden terminar cansándose. Algunos llegan a convencerse —o son convencidos— de que no vale la pena luchar, de que nada puede cambiar, de que «esto no tiene arreglo».
Y cuando se llega a ese punto, aunque no se proclame abiertamente, se termina aceptando la realidad como algo dado, inamovible e inevitable.
Pero la esperanza es lo último que se pierde.
Por necesidad, siempre habrá seres tozudos.
Tan tozudos que, en ocasiones, hasta parecen disfrutar de la marginalidad que suele acompañar a sus convicciones. Seres capaces de llevar su pensamiento suficientemente lejos como para sostener que la estructura mental no es inmutable.
Y ahí reside una posibilidad extraordinaria.
Si la estructura mental fue construida mediante procesos históricos, culturales y sociales, también puede ser reconstruida mediante el conocimiento, el pensamiento crítico, la educación, la cultura y la toma de conciencia.
No es una tarea sencilla. Tampoco inmediata.
Cambiar la manera de pensar de una sociedad puede resultar mucho más difícil que cambiar una ley, sustituir un gobierno o modificar una institución. Las leyes pueden aprobarse en un día; las estructuras mentales pueden tardar generaciones en transformarse.
Pero pueden cambiar.
Y es precisamente ahí donde reaparece la otra dimensión del Poder: su capacidad liberadora.
Porque transformar la realidad exige, antes que nada, descubrir que aquello que durante años nos enseñaron a considerar natural no necesariamente lo es. Que la pobreza no tiene por qué ser un destino. Que la desigualdad no es una ley de la naturaleza. Que la corrupción no es una condición inevitable de la política. Que el abuso de autoridad no debe confundirse con autoridad. Que la obediencia ciega no es ciudadanía. Y que gobernar no significa apropiarse del Poder, sino ejercer temporalmente una responsabilidad que pertenece a la sociedad.
Quizás el primer acto de liberación consista precisamente en eso: atreverse a pensar que las cosas pueden ser de otra manera. Porque mientras una sociedad considere que nada puede cambiar, quienes ejercen el Poder tendrán pocos incentivos para cambiar.
Pero cuando una sociedad comienza a cuestionar, a pensar críticamente, a educarse y a reconocer que la realidad no es necesariamente natural ni eterna, entonces comienza a recuperar una parte del Poder que alguna vez delegó. Y tal vez esa sea la verdadera batalla.
No solamente conquistar el Poder, sino transformar la conciencia con la que lo recibimos, lo ejercemos y lo toleramos. Porque un pueblo que cambia su estructura mental deja de ser simplemente objeto del Poder y comienza, poco a poco, a convertirse en sujeto de su propia historia.