Desde la Butaca 3 | Mariano de Jesús García | 22 de agosto de 2026
Recientemente presenté mi novela El Poder. En ella expongo el proceso de construcción del Poder: del Poder histórico, concebido como herramienta de dominación —del cual también ha sido víctima el propio mundo occidental—, hasta llegar Occidente a pensarse como origen y medida de todo y de todos. Falso orgullo occidental, porque esa misma concepción del Poder —fundada en la dominación, la imposición y la pretendida superioridad— amenaza hoy con hacer desaparecer todo y a todos.
Cuando escribo sobre el Poder, no lo hago solo por pasión. También lo hago por responsabilidad: para ejercer el derecho a pensar; para que los dominadores ausculten que no todos se “chupan el bobo”; y para que, tal vez, se encienda la luz de algún sometido.
La naturalización del orden
A las masas se les ha hecho creer que “el mundo siempre ha sido así”: dominados y dominantes, ricos y pobres, poderosos y sometidos. Origen y consecuencia de una misma premisa: convertir en natural lo que ha sido una construcción histórica. Si la desigualdad y la dominación son presentadas como parte inevitable de la condición humana, dejan de ser percibidas como relaciones creadas por los hombres y, por tanto, susceptibles de ser transformadas.
El mayor triunfo del Poder no ocurre necesariamente cuando obliga, castiga o reprime, sino cuando consigue que el dominado asuma como natural el orden que lo domina; cuando logra convencerlo de que las cosas son así porque siempre fueron así y, peor todavía, porque no podrían ser de otra manera.
Gramsci, Foucault y el Poder que se oculta
Esta concepción encuentra sustento en Gramsci, para quien el Poder alcanza una de sus formas más eficaces cuando ya no necesita recurrir permanentemente a la fuerza, porque ha logrado construir consenso alrededor del orden establecido. El dominado termina aceptando como natural una realidad que ha sido históricamente construida.
Foucault nos permite avanzar todavía más en esa reflexión: el Poder no actúa únicamente desde el Estado, el gobierno o las instituciones formalmente investidas de autoridad; también circula y se reproduce mediante discursos, prácticas, saberes e instituciones que contribuyen a establecer aquello que una sociedad termina reconociendo como verdadero, normal e incluso inevitable. Así, el Poder alcanza quizá su mayor eficacia cuando consigue ocultarse como Poder y presentarse simplemente como el orden natural de las cosas.
El anzuelo del consenso y la pérdida del pensamiento crítico
El modelo de Poder predominante maneja estas herramientas de manipulación como el pescador maneja el anzuelo. Las masas, a su vez, van quedando inhabilitadas para pensar críticamente, porque el Poder no solo dispone de mecanismos para dominar, sino también para convencer, seducir y fabricar consensos. Una sociedad pierde capacidad para cuestionar el orden establecido cuando es obligada o seducida a asumir la naturalización colectiva del Poder: un proceso mediante el cual termina aceptando como naturales, inevitables y permanentes unas relaciones de dominación que son, en realidad, construcciones históricas.
Otras concepciones del Poder: Rousseau y Dussel
Así las cosas, resulta muy difícil que la gente que vive bajo el común denominador del “día a día” pueda no solo cuestionar la realidad que se le impone, sino, más aún, conocer, digerir y procesar otras concepciones del Poder; como la de Jean-Jacques Rousseau, para quien la soberanía reside esencialmente en el pueblo, o la de un pensador más próximo a nosotros, Enrique Dussel, quien concibe el ejercicio legítimo del Poder como poder obediencial: una autoridad delegada que, lejos de servirse del pueblo, debe ejercer el mandato obedeciendo y sirviendo a la comunidad de la cual emana.
La realidad dominicana: desaliento, acomodamiento y responsabilidad
La incolora realidad de la sociedad dominicana —respecto al tema que aborda este trabajo— desanima, pero no derrota. Y si el desaliento, ahora mismo, casi toca fondo, no es precisamente por el acogotamiento del colectivo, de esa inmensa mayoría que vive bajo el común denominador del “día a día”, sino por el acomodamiento de quienes han tenido la oportunidad —muchas veces gracias al sudor de ese mismo colectivo— de asistir a espacios destinados al fomento del pensamiento. Gente que hoy debiera estar fraguando patria, fraguando conciencia, está, en cambio, demasiado ocupada administrando sus propias comodidades.
Quienes tuvieron acceso a las herramientas para pensar críticamente la sociedad parecen haber olvidado que ese privilegio entraña también una responsabilidad. No se trata de pensar por el pueblo, mucho menos de sustituir su voz, sino de contribuir a crear las condiciones para que pueda reconocerse como fuente originaria del Poder y como sujeto capaz de transformar su propia realidad.
El Poder (1 de 3 )
