
Por Luis Ramón López
MOCA, Espaillat.-En República Dominicana, el agua que sale de las plantas de tratamiento suele cumplir con los procesos básicos de potabilización, pero esa garantía se debilita en el trayecto hacia las casas. Entre redes viejas, fugas, baja presión e intermitencia del servicio, la calidad del agua que recibe la población muchas veces ya no es la misma que salió de las estaciones de tratamiento.
La realidad es conocida por técnicos, autoridades y usuarios, el problema no termina en la planta, comienza en la distribución.
Instituciones como INAPA, CAASD, CORAASAN, CORAAMOCA y otras corporaciones regionales realizan los pasos esenciales para convertir el agua cruda en agua potable. En condiciones normales, ese proceso incluye coagulación, filtración y cloración, es decir, las fases mínimas que permiten entregar un líquido apto para el consumo humano.
Pero el recorrido posterior presenta obstáculos estructurales. Muchas redes de distribución fueron construidas hace décadas y hoy operan con tuberías deterioradas, roturas frecuentes y pérdidas constantes. A eso se suma un problema que afecta tanto la calidad como la confianza ciudadana: cuando el servicio se interrumpe y las tuberías pierden presión, aumenta el riesgo de contaminación por infiltración.
Uno de los puntos más sensibles del sistema de agua potable en el país es la presión. En numerosos sectores, el caudal no llega con la fuerza suficiente para abastecer de forma uniforme a toda la población. Las causas son conocidas: tuberías de pequeño diámetro, crecimiento urbano sin expansión de redes, bombas insuficientes, terrenos elevados y pérdidas importantes en el sistema.
Esa debilidad ha obligado a miles de familias a instalar cisternas, bombas eléctricas, tanques elevados y sistemas hidroneumáticos para poder resolver una necesidad que, en teoría, debería garantizar el Estado. En un modelo moderno, estas soluciones privadas serían un apoyo excepcional, no la base del suministro doméstico.
El estándar internacional para el suministro de agua potable es claro: servicio continuo las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Sin embargo, en muchas comunidades dominicanas el agua sigue llegando por horarios. Hay sectores que reciben el servicio cada dos días, otros dos o tres veces por semana, y algunos incluso una sola vez semanalmente.
Esa modalidad obliga a las familias a almacenar agua durante largos períodos, muchas veces en tanques sin el mantenimiento adecuado. El resultado es una cadena de vulnerabilidades que no solo afecta la comodidad del hogar, sino también la salubridad del agua almacenada.
Pérdidas invisibles
Otro problema de fondo es el llamado agua no contabilizada, que incluye fugas, conexiones ilegales y errores de medición. En algunos sistemas, estas pérdidas superan el 40%, una cifra muy por encima de los niveles aceptables en redes eficientes.
Cada litro que se pierde representa una inversión desperdiciada, una tarifa mal recuperada y un obstáculo adicional para ampliar el servicio. Mientras esas fugas persistan, cualquier esfuerzo de expansión se verá limitado por una infraestructura que pierde agua antes de llegar al consumidor.
Tecnología y rezago
Aunque algunas corporaciones han comenzado a incorporar monitoreo, telemetría y automatización, gran parte del sistema nacional todavía necesita una modernización profunda. La sectorización hidráulica, la sustitución de tuberías antiguas, la instalación de válvulas reguladoras de presión y la digitalización del control operativo siguen siendo tareas pendientes en amplias zonas del país.
Sin esas herramientas, la gestión del agua depende demasiado de soluciones reactivas y demasiado poco de una planificación técnica sostenida. En la práctica, eso significa más averías, más interrupciones y más desigualdad en el acceso.
El caso de Moca
En Moca y en buena parte de la provincia Espaillat, la población ha expresado por años las mismas quejas: baja presión, servicio intermitente y dependencia de horarios de distribución. En muchos hogares, la respuesta cotidiana ha sido instalar bombas, cisternas y tanques para compensar la inestabilidad del sistema.
El crecimiento urbano ha aumentado la demanda y exige una capacidad mayor de abastecimiento. Diversos sectores han insistido en la necesidad de continuar invirtiendo en el fortalecimiento del sistema de agua para mejorar la continuidad del servicio y lograr una presión más estable en toda la red.
Lo que debe cambiar
Un acueducto moderno en República Dominicana, debería garantizar agua potable certificada, servicio continuo, presión uniforme, redes sectorizadas, tanques suficientes, bombeo automatizado, monitoreo digital, renovación de tuberías y reducción real de pérdidas. También debe estar preparado para responder al crecimiento urbano futuro, no solo al presente.
Mientras eso no ocurra, el país seguirá viviendo una contradicción; produce agua tratada, pero no siempre logra entregarla con la calidad, la continuidad y la presión que la población necesita.
Una deuda pendiente
La República Dominicana, ha avanzado en la construcción y ampliación de acueductos y plantas de tratamiento, pero todavía enfrenta retos importantes para alcanzar estándares internacionales de continuidad, eficiencia y modernización.
La solución no depende de una sola obra ni de una sola institución. Requiere inversiones sostenidas, mantenimiento preventivo y una planificación hidráulica acorde con el crecimiento real de las ciudades y comunidades. Porque en materia de agua, no basta con producirla; hay que lograr que llegue bien, llegue siempre y llegue a todos.