Antonio De la Maza Vásquez, fue quien dió el tiro de gracia que terminó con la vida de Trujillo

Por Nicolás Arroyo Ramos

MOCA, Espaillat.- El ajusticiamiento del dictador, Rafael Leónidas Trujillo Molina, la noche del 30 de mayo de 1961, constituyó una obra de gran trascendencia histórica en la vida democrática y libertaria nacional y América Latina, materializada por un grupo de valientes y decididos hombres que sonaban una República Dominicana libre y democrática.

Antonio De la Maza Vásquez, hacendado, empresario, militar y político mocano, con el disparo mortal a la nunca propinado al cuerpo del Sátrapa de San Cristóbal, se convirtió en el protagonista principal del acontecimiento histórico más significativo en la vida libertaria del pueblo dominicano, librándole de esta manera de una odiosa y fatídica dictadura de casi 31 años, que tenía como características la persecución, asesinatos, sangre, dolor, luto y opresión del pueblo dominicano.

Cabe destacar que en la trama para asesinar a Rafael Leónidas Trujillo Molina, además del mocano Antonio de la Maza, sin dudas el más sobresaliente con su acción de la gesta, participaron de manera activa y decidida Antonio Imbert, Amado García Guerrero, Salvador Estrella, Huáscar Tejeda, Pedro Livio Cedeño y Roberto Pastoriza, congregados de forma repentina después de que otro de los conspiradores, Miguel Ángel Báez. Cada uno de los protagonistas en este hecho glorioso de la vida nacional, tenía misiones encomendadas que decidieron asumir responsabilidad e integridad.

Nacido en Moca, municipio de la provincia Espaillat, el 24 de mayo de 1912, en el seno de un hogar formado por el agricultor Vicente de la Maza y Ernestina Vásquez y sobrino del ex presidente Horario Vásquez, Antonio De La Maza Vásquez, hombre de carácter y valor, consagró más de 20 años de su vida al desarrollo, fomento y administración de su industria maderera, ubicada en Restauración, en la Provincia de Dajabón.

Era hijo del General Vicente de la Maza quien había participado junto Ramón Cáceres, Horacio Vásquez y Ramón de Lara en el ajusticiamiento del dictador Ulises Heureaux (Lilís) el 26 de julio de 1899 y fue inicialmente opositor del régimen. Don Vicente luego de la caída de los Generales Desiderio Arias y Cipriano Bencosme se retiró de las actividades políticas rindió y vivió en relativa paz y prosperidad, hasta el asesinato de su hijo Octavio de la Maza, ordenado por Trujillo para encubrir el secuestro de Jesús de Galíndez.

De la Maza Vásquez, participó en 1931 en el movimiento de resistencia a la incipiente tiranía de Rafael Leónidas Trujillo Molina. Estas protestas fueron escenificadas en Moca, donde enfrentó las fuerzas represivas del régimen. El 6 de enero de 1957, indignado por la muerte de su hermano Octavio, asesinado en una cárcel trujillista, decidió dedicarse a colaborar para terminar con el odioso régimen.

De la Maza Vásquez, se destacó como uno de los participantes del grupo de hombres que la noche del 30 de mayo de 1961 acabó con la vida de Rafael Leónidas Trujillo Molina cuando se trasladaba desde Santo Domingo hacia San Cristóbal. Luego de participar en el asesinato de Trujillo Molina, Antonio De la Maza Vásquez fue perseguido, apresado y asesinado el 4 de junio de 1961 por miembros del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) junto a su compañero de complot, el general Juan Tomás Díaz, mientras se enfrentaron con los sanguinarios del régimen.

Recogen algunos de los biógrafos que Antonio, el mayor de los hermanos, inconforme con el crimen de su hermano asumió una posición radical y eliminar al tirano se convirtió en una obsesión. Su decisión fue tal que de no concretarse el plan del 30 de mayo, el 5 de junio los hermanos de la Maza, Eduardo Antonio García Vásquez, Miguel Bissié y Luis Manuel Cáceres (Tunti) estaban listos para ejecutar a Trujillo durante su viaje a Moca.

Según recoge el libro titulado: ‘‘Ayer, 30 de mayo y Después’’, de la autoría de Fernando Amiama Tió, refiriéndose con frecuencia a las contratas que recibía con mucha por parte del gobierno, de la Maza decía evidentemente herido: ‘‘Yo no vendo la sangre de mi hermano, que nadie se equivoque’’. Hablaba sin reparos de limpiar para siempre el honor de la familia. Dicen que los crímenes contra los expedicionarios del 59 le conmovieron profundamente, pero el asesinato de las hermanas Mirabal lo convencieron de que el ajusticiamiento no podía esperar más, que lo haría con o sin ayuda y lo más pronto posible.

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