Por Dario Libre
JUANCHO, Pedernales.-Muchos jóvenes de comunidades apartadas del Sur profundo se dedican a la pesca de basura del mar con la esperanza de encontrar pacas de drogas abandonadas por narcotraficantes sorprendidos en alta mar. Por Alan Delmonte
El sur profundo yacía enterrado en el silencio de su árido paisaje. La desolada carretera vaticinaba un fin de semana repleto de aventuras, acompañado de un sol terco y omnipresente. Llegamos al poblado de Juancho, pueblecito que surge como una fantasmagórica aparición desde que se entra a la provincia de Pedernales.
El pueblillo, como una representación local del Macondo de García Márquez, desvelaba la melancólica sensación de aquellos pasados que han quedado relegados a ciertas zonas aisladas de nuestra diversa geografía. Después de preguntarle a varios pobladores sobre cómo llegar a nuestros anhelados destinos, nos refirieron a un pescador local claramente apreciado por todos.
El hombre, de algunos cincuenta años, se había pasado la vida surcando las profundidades del Mar Caribe buscando sostener a sus siete hijos y tres mujeres. El plan era visitar la isla Beata y Alto Velo, dos fascinantes lugares acudidos mayormente por biólogos interesados en su exótica fauna y algunos pescadores locales.
Aunque la emoción brotaba a cántaros de nuestros exaltados espíritus, desde que nos subimos a la vieja yola era indiscutible que nuestro viaje peligraba. El viento soplaba con fuerza desde el sur, y las olas arreciaban la costa como un ejército iracundo. Aunque los signos para abortar la misión eran claramente visibles, decidimos no abandonar la idea que en principios nos llevó allí, y logramos convencer al pescador para que hiciera el intento de desafiar la violenta marejada.
Partimos hacia las islas con el mar claramente alterado por nuestro atrevimiento, situación que solo parecía agravarse con el pasar de los minutos. A poco tiempo de haber zarpado, el bote parecía una frágil edificación en medio de un impetuoso terremoto. Cuando nos vimos luchando por sobrevivir en un mar endemoniado capaz de ridiculizar las bravuras de un toro salvaje, decidimos cancelar la misión y regresar a la costa.
Asustados y jurando jamás desafiar las alertas marítimas, acordamos pasarnos dos días con el pescador navegando por las zonas cercanas al poblado, donde podríamos pescar almejas y avistar otros islotes que quedaban cerca de la costa donde las aguas estarían más quietas y apaciguadas.
Desde que iniciamos la segunda parte de nuestra aventura, lo primero que nos extrañó fue la enorme cantidad de jóvenes que hurgaban curiosos la basura que llegaba a las costas. Sus ojos nerviosos escaneaban cada centímetro de tierra, como si algo muy importante se les hubiera perdido. Llegamos a uno de los islotes que quedaban al frente del poblado, y cuando arribamos a la playa nos recibieron una treintena de muchachos que con palos levantaban los restos que llegaban al litoral.
«¿Amigo, y que es lo que buscan estos muchachos?», le pregunté al pescador. «No quiera saber usted», me dijo mirando hacia otro lado. «Estos muchachos se pasan los días buscando pacas de drogas que llegan a esta costa cuando son lanzadas por algunas embarcaciones que se ven amenazadas por la guardia costera» dijo. «No se imagina usted el daño que eso le ha hecho a los jóvenes de nuestros pueblos. Los pocos que han conseguido encontrar algo en esa basura se han metido en un mundo del que jamás han logrado salir. Muchos le dicen a sus padres por las mañanas que se van a la escuela y en vez de eso vienen aquí, a buscar sueños en estos desechos que trae el mar» dijo.
Al parecer, de las turbulentas aguas del Mar Caribe fluían esperanzas, sueños envueltos en plástico y peligro que boyaban como tesoros malditos capaces de corromper a los que deseaban escapar la insoportable tiranía de la pobreza de cualquier forma posible. Sin saberlo, habíamos llegado a una tierra donde abundaban los buscadores de tesoros, y donde el éxito para algunos se traducía en ser el primero en descubrir alguna paca narcótica lanzada al mar por alguna embarcación desesperada.
Al internarnos en el islote, descubrimos que había una choza abandonada que claramente seguía siendo utilizada por algunos de los muchachos. «¿Ves esas casuchas que están ahí?», preguntó el pescador. «Ahí vivió un hombre que se obsesionó con la idea de hacerse rico con una de esas pacas, y llegó al extremo de mudarse con todo y familia para alcanzar su objetivo». «¿Y lo logró?», pregunté incrédulo. «Pues no lo sé», dijo el pescador. «Un día se fue y jamás lo volvimos a ver».
El mal entra por el mar
El pasado 7 de septiembre del 2013, la DNCD decomisó en el municipio de Juancho 446 paquetes de cocaína que contenían un peso de alrededor de 500 kilogramos. El vocero de la DNCD, Miguel Medina, narró que durante la operación se produjo un enfrentamiento a tiros cuando varios implicados de nacionalidad dominicana que se encontraban escondidos entre unos matorrales trataron de apoderarse de parte de la droga, resultando una persona muerta no identificada, tres heridos, y doce detenidos.
Más tarde, el 18 de octubre del 2013, mientras escribía este reportaje, la DNCD estableció una fuerza de control en el municipio de Juancho para evitar el trasiego de drogas en todo el litoral costero, desde Enriquillo hasta Pedernales. La vigilancia fue establecida para enfrentar la extensión de los denominados «Asentamientos de Pescadores», que en la práctica eran personas que se dedicaban a buscar pacas de drogas en las orillas de las playas lanzadas por narcotraficantes en alta mar.
Y a medida que el tráfico de drogas arropa las comunidades humildes de nuestro país, envenenándolo todo a su paso mientras va dejando atrás los cadáveres morales de todos aquellos que deciden lanzarse por su oscuro camino, es nuestro deber dejarles saber a los jóvenes de nuestro país que esa riqueza es una mortífera trampa, una supuesta salida que solo conduce a dos lugares: la cárcel o el cementerio. Esperemos que elijan el camino correcto.