El campo dominicano entre el abandono, el atraso y la migración silenciosa

Santo Domingo República Dominicana Abril 2014 Mujer Mirando Los Tejados —  Foto editorial de stock #355832224 ©alexandrelaprise

Por Luis Ramón López

OPINIÓN.-Durante décadas, el campo dominicano ha sido presentado como el corazón productivo de la nación, cuna de tradiciones, trabajo y sustento. Sin embargo, la realidad que hoy se vive en amplias zonas rurales del país dista mucho de ese discurso.

Lejos de una verdadera recomposición y modernización, nuestros campos continúan sumidos en el abandono, enfrentando un atraso que, paradójicamente, resulta más profundo que en épocas pasadas, cuando los recursos del Estado eran aún más limitados.

Basta recorrer comunidades rurales del interior del país para constatar un panorama sombrío: parcelas abandonadas, caminos vecinales en mal estado, escuelas rurales semivacías y una población envejecida que resiste, casi en soledad, el paso del tiempo.

Los campos lucen casi desiertos, producto de una migración constante hacia las ciudades, impulsada por la falta de oportunidades, servicios básicos y políticas efectivas de desarrollo rural.

Lo más preocupante es que esta despoblación no es consecuencia exclusiva de fenómenos naturales o del avance urbano, sino del débil interés histórico en invertir de manera sostenida en la retención de la población rural, especialmente de los jóvenes.

Productores y comunitarios coinciden en que, pese al crecimiento económico del país y a los avances tecnológicos globales, muchas zonas rurales viven en peores condiciones que décadas atrás. En tiempos pasados, con menos recursos, existía al menos una lógica de apoyo al pequeño productor; hoy, la asistencia técnica es limitada, el acceso al crédito es escaso y los costos de producción resultan insostenibles.

La falta de una política agraria integral ha provocado que el campo no solo deje de ser atractivo, sino que se convierta en un espacio de supervivencia para quienes no han tenido otra opción.

La migración del campo a la ciudad se ha transformado en una herida abierta del desarrollo nacional. Cada joven que abandona su comunidad rural es una señal de fracaso del modelo de desarrollo. La ausencia de programas que integren educación técnica, tecnología agrícola, mercados seguros y servicios de salud ha empujado a generaciones completas a buscar en las ciudades una esperanza que el campo ya no ofrece.

Esta migración no solo vacía los campos, sino que también rompe el relevo generacional, poniendo en riesgo la seguridad alimentaria y la sostenibilidad de la producción agrícola nacional.

En pleno siglo XXI, todavía existen comunidades rurales donde la modernización parece un sueño lejano. Zonas sin acceso adecuado a agua potable, energía eléctrica estable, conectividad digital o vías de comunicación dignas. En algunos lugares, la civilización parece tardar otro siglo en llegar, y cuando lo hace, se manifiesta de manera precaria e insuficiente.

La falta de planificación territorial y de inversión en infraestructura básica mantiene a miles de dominicanos viviendo en condiciones que contrastan de forma dolorosa con el desarrollo que exhiben los centros urbanos.

A diferencia de otros países de la región, el campo dominicano no ha sido objeto de una verdadera revolución productiva y social. Las iniciativas suelen ser aisladas, temporales y poco articuladas, sin continuidad ni impacto estructural.

No se trata solo de producir más, sino de dignificar la vida rural, garantizar servicios básicos, fomentar la agroindustria, introducir tecnología y crear condiciones para que vivir en el campo sea una opción de futuro, no una condena al atraso.

La realidad del campo dominicano plantea un desafío impostergable: revertir el abandono histórico y construir un modelo de desarrollo rural inclusivo, sostenible y humano. Sin una transformación profunda del campo, no habrá desarrollo nacional equilibrado ni justicia social.

Mientras tanto, nuestros campos siguen esperando. Esperando inversión, políticas serias y voluntad política. Esperando que el progreso no sea solo un discurso urbano, sino una realidad que también llegue, de manera justa y digna, a la tierra donde nace el país, y se siembra para comer.

Deja un comentario