
Por Luis Ramón López
MOCA, Espaillat.-Hablar de Juan Pablo Duarte, es hablar del origen moral de la República Dominicana. Es evocar la idea de nación cuando aún no existía, la libertad cuando era un riesgo mortal, y la soberanía cuando era apenas un sueño perseguido por un puñado de jóvenes idealistas.
Duarte, no solo concibió la patria: la pensó libre, independiente y digna, aun cuando ese pensamiento le costara el exilio, la pobreza y el olvido.
Juan Pablo Duarte y Díez nació el 26 de enero de 1813 en Santo Domingo, en un contexto marcado por la inestabilidad política, la dominación extranjera y la ausencia de un proyecto nacional propio.
Desde temprana edad Duarte, comprendió que la libertad no era una concesión, sino una conquista. Educado en Europa, regresó al país con ideas revolucionarias para la época: soberanía popular, independencia absoluta y un Estado libre de toda dominación extranjera.
En 1838, fundó La Trinitaria, sociedad secreta que se convirtió en el núcleo ideológico y organizativo del movimiento independentista. Su juramento no dejaba dudas: separar a la parte oriental de la isla de toda potencia extranjera y constituir una república libre e independiente. Duarte no luchaba por un cambio de gobierno, sino por el nacimiento de una nación.
La vida de Duarte estuvo marcada por el sacrificio constante. Entregó su juventud, su patrimonio familiar y su seguridad personal al ideal independentista. Fue perseguido, declarado traidor por sectores conservadores y finalmente desterrado del país que ayudó a fundar. Mientras otros recogían honores, Duarte enfrentaba el exilio, la enfermedad y la precariedad económica.
Murió lejos de su patria, en Caracas, en 1876, en condiciones de pobreza, sin haber visto consolidado el proyecto de nación que soñó. Sin embargo, jamás renunció a sus principios. Para Duarte, la patria no se negocia, no se vende y no se somete. Su ética política fue tan firme como su amor por la República Dominicana.
El mayor legado de Duarte, no es solo la independencia proclamada el 27 de febrero de 1844, sino el ideal de nación que dejó sembrado en la conciencia dominicana. Su pensamiento estableció que la República debía ser libre de toda intervención extranjera, fundada en la justicia, el respeto a la ley y la voluntad del pueblo.
Duarte, enseñó que la soberanía no es solo territorial, sino moral; que la libertad requiere ciudadanos conscientes y que la patria se defiende tanto con acciones como con principios. En tiempos de crisis institucional, desigualdad o desmemoria histórica, su figura vuelve a interpelarnos: ¿estamos siendo dignos herederos de su sacrificio?
LA DEUDA PENDIENTE CON DUARTE
Más que un personaje de los libros de historia, Duarte es una deuda viva. Honrarlo no se limita a discursos ni fechas patrias, sino al compromiso diario con la democracia, la transparencia y la defensa del interés nacional. Recordarlo es asumir la responsabilidad de preservar la soberanía que él soñó y por la que lo perdió todo.
Hablemos de Duarte, no solo para evocarlo, sino para entender que la patria que él imaginó aún se construye. Y que su impronta sigue siendo una guía moral para la República Dominicana del presente y del futuro.