
Por Luis Ramón López
MOCA, Espailla.-En silencio, sin planificación visible del Estado y ante una ciudadanía que parece acostumbrarse a la realidad, la presión migratoria haitiana en la zona norte del país, avanza de manera sostenida, ocupando espacios clave en la economía informal, la agricultura, la construcción y los servicios.
No se trata de percepciones aisladas, sino de una preocupación creciente en comunidades rurales y urbanas que observan un cambio acelerado en la composición poblacional, mientras las autoridades parecen reaccionar tarde o de forma fragmentada.
Hoy, buena parte de la agricultura, la construcción y los servicios opera con mano de obra extranjera haitiana, sin regulación efectiva. Productores, constructores y comerciantes reconocen, en privado, que el sistema se ha vuelto dependiente de esta fuerza laboral, mientras el Estado no implementa controles migratorios sostenibles ni programas de regularización transparentes.
Esta realidad ha generado una ocupación progresiva de barrios, comunidades rurales y zonas periurbanas, donde la presión sobre los servicios públicos, la seguridad y la convivencia social aumenta, sin una respuesta clara en infraestructura, salud, educación o planificación urbana.
Uno de los mayores riesgos señalados por líderes comunitarios, académicos y analistas es la confianza excesiva de la sociedad dominicana, que observa el fenómeno como algo pasajero o inevitable. “Nos estamos acostumbrando a ver pasar el problema sin enfrentarlo con seriedad”.
El problema no es la migración en sí, sino la falta de una política migratoria firme, coherente y aplicada, que proteja la soberanía, garantice el orden sin improvisaciones ni discursos vacíos.
Otro elemento de preocupación es el desconocimiento histórico de una parte importante de la juventud dominicana, que crece sin una formación sólida sobre identidad nacional, soberanía. Mientras tanto, expertos advierten que otros sectores sí fortalecen su cohesión comunitaria, su narrativa histórica y su presencia territorial, especialmente en zonas vulnerables.
La combinación de población dominicana envejeciente, juventud desconectada de la historia nacional y ausencia de liderazgo educativo y cívico genera un escenario que, de no corregirse, puede derivar en tensiones sociales difíciles de manejar en el futuro.
No hay “invasiones silenciosas” sin Estados ausentes. El mayor riesgo para la República Dominicana, no es la migración haitiana desordenada, sino la falta de control, planificación y visión estratégica de las autoridades, que permiten que el fenómeno avance sin estadísticas claras, sin censos actualizados y sin políticas públicas integrales.
Mientras el debate se polariza en redes sociales, las decisiones estructurales siguen sin tomarse, control fronterizo real, aplicación de la ley migratoria, ordenamiento territorial, inversión en educación cívica y fortalecimiento de la identidad nacional.
Este no es un llamado al odio ni al enfrentamiento. Es una advertencia nacional. Los países no colapsan de un día para otro; se debilitan cuando ignoran señales tempranas, cuando normalizan el desorden y cuando dejan que la improvisación sustituya la planificación.
La República Dominicana, todavía está a tiempo de actuar con firmeza, inteligencia y humanidad. Pero el reloj corre. La soberanía no se pierde de golpe; se erosiona cuando nadie asume la responsabilidad de defenderla con políticas serias y visión de futuro. La historia puede repetirse.