

Por Luis Ramón López
MOCA, Espaillat.-La salida de Nicolás Maduro, del poder marcaría el fin de una de las etapas más prolongadas y controvertidas del autoritarismo latinoamericano contemporáneo. Más que un simple relevo presidencial, un escenario sin Maduro, implicaría una reconfiguración profunda del poder político, económico y geopolítico tanto a lo interno de Venezuela como en el tablero regional e internacional.
El sistema instaurado tras la muerte de Hugo Chávez derivó en un modelo centralizado, militarizado y dependiente del control político de las instituciones, incapaz de sostener la economía, garantizar servicios básicos ni preservar la cohesión social.
La hiperinflación, el colapso productivo, la migración masiva de más de siete millones de venezolanos y el deterioro institucional evidenciaron el agotamiento del proyecto madurista, incluso entre antiguos sectores afines.
La salida de Maduro representaría el reconocimiento de que el modelo no solo fracasó económicamente, sino también moral y políticamente.
Una Venezuela sin Maduro abriría paso a una transición compleja y delicada, en la que el principal desafío será reconstruir el Estado de derecho.
Esto incluye establecer la independencia de los poderes públicos, garantizar elecciones libres y verificables, despolitizar las Fuerzas Armadas e iniciar procesos de justicia transicional sin revanchismo, pero con responsabilidad
El riesgo central de esta etapa es la fragmentación del poder, especialmente si no existe un liderazgo civil fuerte, consensuado y con respaldo internacional.
Sin Maduro, Venezuela tendería a redefinir sus alianzas internacionales, alejándose del eje conformado por Rusia, Irán, China y Cuba, para retomar relaciones estratégicas con Estados Unidos, la Unión Europea y América Latina democrática.
Este giro tendría impactos clave reducción de la influencia rusa e iraní en el Caribe, la reconfiguración del papel de Cuba, altamente dependiente del petróleo venezolano, el fortalecimiento del sistema interamericano y de la OEA y la estabilización política en países receptores de migrantes venezolanos
Estados Unidos, en particular, jugaría un rol central como garante político, económico y energético, siempre que se respete la soberanía venezolana y se evite una tutela directa.
Con un cambio político real, Venezuela podría reinsertarse en el mercado energético global como uno de los principales productores de petróleo del hemisferio. La reapertura de PDVSA a capital privado, la renegociación de deudas y el levantamiento progresivo de sanciones permitirían, reactivar la industria petrolera, generar empleo, estabilizar la moneda y financiar políticas sociales sostenibles
Esto tendría un impacto directo en la seguridad energética regional y mundial, especialmente en contextos de tensión geopolítica global.
Una Venezuela democrática y funcional contribuiría a reducir los flujos migratorios forzados, estabilizar economías vecinas como Colombia, Perú, Ecuador y República Dominicana, debilitar narrativas autoritarias en América Latina y reforzar la democracia como sistema viable frente al populismo.
El “caso venezolano” pasaría de ser un ejemplo de colapso a uno de reconstrucción nacional, con profundas lecciones para la región.
La Venezuela sin Nicolás Maduro, no sería automáticamente una Venezuela próspera, pero sí una nación con posibilidades reales de reconstrucción institucional, económica y social. El reto no estará solo en sacar a un líder del poder, sino en desmontar un sistema de control, corrupción y dependencia construido durante más de dos décadas.
Delcy Rodríguez, fue investida este lunes como presidenta encargada de Venezuela, ante la ausencia de Nicolás Maduro, que fue capturado junto a su esposa por Estados Unidos en una operación militar. Jorge Rodríguez, jefe del Parlamento, asume el liderazgo temporal del país al juramentar a Delcy Rodríguez.