
Por Luis Ramón López

OPINIÓN.-Durante décadas, Venezuela fue sinónimo de riqueza petrolera, oportunidades, estabilidad relativa y movilidad social en América Latina. Sin embargo, esa imagen quedó sepultada bajo una de las crisis políticas, económicas y sociales más profundas que haya vivido la región.
Para muchos analistas y ciudadanos, el cierre de la era de Nicolás Maduro, marca el fin de un ciclo de incertidumbre que llevó a la nación a la quiebra y a su población a niveles de miseria impensables en un país tan rico en recursos naturales.
Lo que comenzó como un discurso de reivindicación social y justicia para los pobres, terminó convirtiéndose en un sistema autoritario, improductivo y divorciado de la idiosincrasia del pueblo venezolano.
El modelo impuesto, sustentado en el control absoluto del poder, la persecución política y la eliminación de contrapesos institucionales, fue erosionando poco a poco el tejido económico y social del país.
La economía venezolana colapsó. La producción petrolera, columna vertebral de la nación, se desplomó. La industria nacional fue asfixiada, el campo quedó abandonado y el comercio paralizado.
La hiperinflación pulverizó salarios y ahorros, mientras millones de venezolanos quedaron atrapados en la pobreza extrema, sin acceso a servicios básicos como salud, educación, agua y electricidad.
El impacto humano de esta crisis ha sido devastador. Más de siete millones de venezolanos se vieron obligados a abandonar su país, protagonizando uno de los mayores éxodos de la historia contemporánea de América Latina. Familias separadas, profesionales convertidos en migrantes forzosos y generaciones enteras creciendo lejos de su tierra natal son el reflejo más doloroso de un proyecto político fallido.
El discurso oficial, sostenido durante años en la confrontación y la retórica ideológica, no logró encajar con la cultura, el carácter ni las aspiraciones del venezolano, históricamente emprendedor, abierto y profundamente democrático. El intento de imponer un modelo ajeno a esa realidad terminó generando rechazo, desgaste y un profundo cansancio social.
Como en el cuerpo humano, un mal no puede perdurar indefinidamente sin consecuencias. Tarde o temprano, el organismo reacciona. Venezuela comenzó a mostrar señales claras de agotamiento del sistema: protestas, presión internacional, fracturas internas y un clamor creciente por cambio, libertad y reconstrucción nacional.
El fin de la era Maduro, para muchos, no representa solo la salida de un gobernante, sino la oportunidad de cerrar una etapa de destrucción y comenzar un proceso largo y complejo de recuperación. Reconstruir Venezuela no será tarea fácil: requerirá reconciliación, institucionalidad, inversión, justicia y, sobre todo, confianza.
La historia reciente deja una lección contundente: ningún país puede sostenerse sobre la imposición, la mentira y la exclusión. Los pueblos pueden resistir por un tiempo, pero cuando el sufrimiento supera los límites, el cambio se vuelve inevitable.
Venezuela, nación herida pero no vencida, enfrenta ahora el desafío de renacer, aprender de sus errores y reencontrarse con su esencia. Porque ningún mal, por más poderoso que parezca, puede durar para siempre en el cuerpo de un pueblo que aún cree en la libertad y la dignidad.
PAPEL DE EE.UU
La intervención diplomática y la presión internacional encabezada por Estados Unidos, han sido determinantes para que el pueblo venezolano vislumbre nuevamente la esperanza de vivir en una democracia representativa, con libertades públicas, respeto a los derechos humanos y alternancia en el poder.
Tras años de autoritarismo, crisis institucional y colapso económico, los venezolanos comenzaran a recuperar el sosiego, la confianza y la fe en un sistema donde la voluntad popular sea respetada y el voto vuelva a ser el instrumento legítimo para decidir el destino de la nación.