
Por Luis Ramón López
MOCA, Espaillat.-Los llamados “presos de Senasa”, vinculados al desfalco millonario que desangró los fondos destinados a la salud pública, comienzan a enfrentar las consecuencias de un entramado corrupto que, por años, drenó los recursos destinados a los más vulnerables.
Aquellos que con sus decisiones privaron de medicinas, tratamientos y atenciones básicas a miles de dominicanos enfermos, hoy experimentan, como un trago amargo, el peso de la justicia y la condena moral de un pueblo indignado.
Detrás de cifras y expedientes judiciales se esconde una realidad devastadora. Cada peso robado fue una consulta negada, cada factura alterada fue un niño sin medicamento, cada soborno encubierto significó una mujer sin tratamiento, un joven sin diagnóstico, un envejeciente sin atención.
Ese dinero, que debió ser vida, se convirtió en sufrimiento. Y quienes se enriquecieron con él, hoy ven cómo la estructura que construyeron a base de abusos e indiferencia se derrumba ante la mirada vigilante de una sociedad que no olvida.
El clamor ciudadano ,expresado en protestas, denuncias, movilizaciones y voces valientes, ha sido determinante para abrir el camino hacia la rendición de cuentas. La justicia, empujada por el reclamo popular, empieza a dar golpes firmes, desmontando un sistema que parecía intocable.
La impunidad que durante años cubrió a los responsables se agrieta, dejando a la vista no solo la magnitud del daño, sino también la deshumanización con que operaron.
Para muchos, el momento tiene un trasfondo espiritual y moral ineludible. “Dios todo lo ve”, repite el pueblo con la convicción de quien entiende que ninguna riqueza injusta prospera eternamente.
La condena social es más profunda que la prisión: es el lástrigo del fuego moral, el hedor de la mirra amarga, que simboliza la caída inevitable de quienes se lucraron a costa del dolor ajeno.
El país observa, juzga y registra. Hoy, los responsables comienzan a enfrentar su castigo; mañana, la historia los señalará como ejemplo de una época donde la justicia despertó para reivindicar a los que no tenían voz.
Porque la salud no es negocio, es un derecho sagrado.Y cuando se roba ese derecho, no solo se comete un delito: se hiere la esencia misma de la dignidad humana.
El pueblo espera ahora que este proceso no sea un episodio aislado, sino el inicio de un cambio profundo que garantice que nunca más la corrupción vuelva a nacer donde debería florecer la esperanza. Los rostros de la vergüenza no volverán jamas .