“La opinión pública y el filo de la ley”

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Por Joeldi Oviedo Grullón

OPINIÓN.-En tiempos de conmoción social, como los que provoca una tragedia colectiva, se activa un fenómeno tan humano como peligroso: la urgencia de opinar.

Todos tenemos derecho a hacerlo.

Es parte del pacto social en democracia: pensar, sentir y expresarnos.

Pero hay una línea sutil —y jurídicamente trazada— entre opinar y responsabilizar.

Y quien no la ve, puede cruzarla con consecuencias serias.

Con el reciente suceso del Jet Set, no faltan voces que, desde la emoción o la experticia, han dicho: “los dueños fueron negligentes”.

Y me dice un amigo:

—“Pero eso no es delito, es mi opinión. Yo no soy ingeniero, solo lo dije como ciudadano.”

Y ahí empieza el dilema.

Porque cuando una opinión atribuye una culpa, aunque sea envuelta en la palabra “creo”, puede adquirir el peso de una acusación.

Y en derecho, las acusaciones sin pruebas —cuando se hacen públicamente— se llaman difamación o injuria, según el Artículo 367 del Código Penal Dominicano.

Aún más: si esa expresión causa daño económico o reputacional, puede activarse una acción en daños y perjuicios bajo el Artículo 1382 del Código Civil.

Aquí no se trata de silenciar al ciudadano, ni mucho menos de blindar a quienes tengan responsabilidad real.

Lo que se plantea es otra cosa: la necesidad de comprender que la palabra, en boca de un profesional o de un ciudadano común, puede tener efectos jurídicos.

Una sociedad madura no es la que calla ante los hechos, sino la que reflexiona antes de emitir juicios públicos.

Porque en el universo digital, donde las redes sociales son tribunales sin toga, cada palabra puede ser prueba, cada tuit una querella.

No es una defensa a los dueños del Jet Set.

Es una defensa al principio básico de justicia: la responsabilidad debe fundarse en pruebas, no en impresiones.

Opinar es un derecho.

Pero cuando la opinión señala, acusa o sentencia, sin base, sin peritaje y sin encargo formal, entonces deja de ser opinión libre y se convierte en discurso con consecuencias.

El lenguaje tiene poder.

Y el poder, como nos recuerda la historia, nunca ha sido inocente.

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