Los inmigrantes que arruinan a EE.UU y que nadie quiere admitirlo

Por Joel Oviedo Grullón

OPINIÓN.-La verdad incómoda de la inmigración: Trump dice en voz alta lo que muchos inmigrantes piensan en silencio.

Hay una verdad que muchos prefieren callar, pero que cada vez se hace más evidente: el
mayor problema de la inmigración no es la frontera, ni las leyes, ni siquiera la política. Es
el miedo del inmigrante a ver reflejado en otro lo que dejó atrás.

Lo veo en cada conversación con amigos y familiares que han construido una vida en
Estados Unidos. Lo que comenzó como el sueño de una nueva oportunidad se ha
convertido en una preocupación constante: ¿y si todo el sacrificio que hicieron se
desmorona por la llegada masiva de quienes no quieren adaptarse, sino replicar el mismo
desorden del que huyeron?

Donald Trump, con su discurso de “vengan, pero vengan bien”, no es el enemigo de la
inmigración como muchos lo pintan. En realidad, él dice lo que miles de inmigrantes
establecidos piensan pero no se atreven a admitir. No rechaza a todos, sino que impone lo
que muchos desean en silencio: que quien llegue tenga la voluntad de integrarse, no de
arrastrar consigo las mismas prácticas que contribuyeron al caos en sus países de origen.

La diferencia es que, mientras algunos lo susurran en reuniones familiares o grupos privados, él lo transforma en política oficial. Y ese temor no es infundado. Lo que está pasando en Nueva York lo deja claro. Con la oleada de inmigrantes que ha llegado, también han surgido problemas que recuerdan demasiado a las realidades de América Latina.

Se han instalado redes criminales como el Tren de Aragua, que ya opera en la ciudad y ha sido vinculado a robos y tráfico de armas. El metro, que solía ser un símbolo de la vida cotidiana neoyorquina, ahora es escenario de asaltos y caos. Motos ilegales, vendedores ambulantes sin regulación, esquinas tomadas por negocios improvisados y, lo más preocupante, una sensación de que el mismo desorden que muchos dejaron atrás está empezando a instalarse en suelo estadounidense.

Quienes han construido su vida en Estados Unidos ven esto con preocupación. No es que
no quieran ayudar a otros inmigrantes; es que saben lo difícil que fue adaptarse, cumplir
con las reglas, aprender el idioma y demostrar que eran un aporte, no una carga. Y ahora
sienten que, con estas nuevas oleadas, todo su esfuerzo está en riesgo porque no todos
llegan con la misma mentalidad de superación.

La pregunta es: ¿qué se debe hacer? ¿Seguir ignorando la realidad hasta que sea demasiado tarde? ¿O exigir que la inmigración no sea solo un derecho, sino también un compromiso con el país que les abre las puertas?

Porque la ironía más grande de la inmigración es que muchos salen huyendo del mismo
caos que luego terminan replicando. Y hasta que no se entienda que el problema no es la
frontera, sino la mentalidad con la que se cruza, Estados Unidos seguirá construyendo
muros. Sean de concreto, de prejuicios o de política, el resultado será el mismo.

Deja un comentario