
Por Pedro Ovalles
(Fragmento del introito de mi poemario «EL COLOR DE LA MIRADA»)
Nuestro mundo, del cual formamos parte indisolublemente, se presenta como los ríos ante el sensible sujeto que contempla e inquiere respuestas permanentes sobre el voluble color que tienen los distintos rostros de nuestro entorno; es un todo que, por su constante mutación, a veces dudamos de su presencia o veracidad.
Como una entidad extraña, de dudosa presencia, estática y a la vez cambiante, la realidad que nos circunda nos hace dudar si en verdad estamos o no estamos en este presente como una existencia irrefutable. Situación que tiene su origen en el momento preciso de quedarnos envueltos en un eterno instante de nuestra inmediatez; nos saca de raíz de la ordinaria existencia para semejarnos a los dioses que hablan a través de sus conjuros.
Ante ese doloroso desconcierto, ante esa insólita presencia de las cosas y su ser inasible, mutante y múltiple; además, sus diferentes formas y gestualidades de aparecer y desaparecer ante nuestros desorbitados ojos, percibimos que la naturaleza de las cosas, incluido uno mismo como parte indisoluble de ese Todo circundante, que todo se va quedando y todo se va yendo, y que la propia vida y su dura existencia, sus amores, sus pasiones, sus dolores y alegrías, nunca es la misma, a tal punto que es otra en cada brujo momento de nuestro diario vivir.
Esa característica que tienen todas las cosas de nuestro universo, de ser y no ser a la vez, de irse y quedarse, ser lo mismo y diferente al mismo tiempo, eso no podemos expresarlo con simples expresiones, con cláusulas ordinarias, con una voz común y corriente.
Se requiere, por tanto, la intuición, la imaginación vigorosa, acto creativo que debe de ir sobre ruedas por los fueros de la reflexión y el arrebato poético, y así tratar de buscar formas de aventurarse y describir ese proceso de presencia apabullante y variada que presenta nuestro mundo, nuestro cosmos, y desde su variopinto rostro y su voz recóndita, captar los matices de sus colores enceguecedores, donde la razón y la intuición, la sombra y la luz, el día y la noche, la vida y la muerte, el tiempo y la eternidad, se fusionan en lo otro que queremos que sean. Quedamos, entonces, creyendo y dudando, siendo y no siendo, solos o acompañados, alegres o tristes, para luego decir lo indecible en ese concierto y desconcierto del universo, para así sentirnos vivos como ningún otro ser.
Renacidos, lúcidos o paranoicos, aquí o allá, definitivamente reencarnados, porque con ello somos otros para poder renombrar por vez primera las cosas y su voz de bravío océano. Con ello hemos dejado atrás lo que fuimos para ser desde nuestra condición de pequeños dioses (parafraseando a Vicente Huidobro); pretender atrapar la eternidad de esos instantes únicos e irrepetibles de la existencia de lo que vemos y sentimos, de lo que tocamos y soñamos. Ante esa agónica y delirante embestida que le hacemos a nuestro mundo, a nuestras circunstancias y esquizo cosmos, creemos detener el tiempo, el testarudo e implacable tiempo, y así revivirnos y morirnos a la vez en ese eterno drama de los sentidos y «El color de la mirada».